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Oscar Niemeyer y su mundo

Llevó la ideología al ladrillo y el concreto, que lo mismo diseñó una iglesia que una mezquita, el hombre de origen judío que renegaba de la religión, el comunista confeso sigue pisando fuerte después de transitar dos siglos claves ambos en la historia de la arquitectura. Descubrió la inspiración en la naturaleza, en las montañas, los ríos, las nubes, las olas del mar, en las curvas que contribuye un mundo en el que dejó su huella en varios continentes.

Llevó la ideología al ladrillo y el concreto, que lo mismo diseñó una iglesia que una mezquita, el hombre de origen judío que renegaba de la religión, el comunista confeso sigue pisando fuerte después de transitar dos siglos claves ambos en la historia de la arquitectura.

Descubrió la inspiración en la naturaleza, en las montañas, los ríos, las nubes, las olas del mar, en las curvas que contribuye un mundo en el que dejó su huella en varios continentes. Oscar Niemeyer, que tuvo estudio en los Campos Eliseos y Copacabana.



Él tiene su sello impreso en proyectos que hoy se estudian en las escuelas de arquitectura de medio mundo. El primero de ellos, el que siempre aparece en primer término en su currículum, esa paternidad que no completa en el diseño de la ciudad de Brasilia. Allí su nombre se inscribe en 1957 cuando es nombrado arquitecto jefe de Nova Cap, la entidad de encargada de crear la que sería la nueva capital de Brasil. Lo hizo junto a Lucio Costa. Y llegaron entonces el Palacio de la Alvarada, el Teatro Nacional, el Congreso Nacional, el Palacio Itamaraty, la Catedral Metropolitana, la archifotografiada plaza de los Tres Poderes…





Brasilia





Palacio de la Alvarada



Su nombre se asocia de inmediato con Brasilia, pero es mucho más que eso. Es Río. Es Sao Paulo. Es París. Es también Avilés, la única ciudad española que puede presumir de contar con el legado de un arquitecto especialmente prolijo en su país, pero que también dejó mucha obra en Europa. Nunca le gustó volar. Ni siquiera se animó este fan irredento de Le Corbusier –con quien firmó la sede de Naciones Unidas en Nueva York– a cruzar el charco para recoger el Premio Príncipe de Asturias. Pero la política, siempre presente en su vida y en su obra, le obligó a abandonar en los años sesenta su país para tomar rumbo a Francia. Una dictadura militar era mucho más de lo que podía soportar un comunista de pro, que, pese a todo, instaló su estudio en la mejor calle de París. Allí ideó el genio carioca una de sus obras más emblemáticas en el continente europeo, la sede del Partido Comunista de Francia en la capital gala. «Mi preocupación fue mantener sobre el terreno un equilibrio entre los volúmenes y los espacios libres», dijo sobre un bloque levantado en 1967.





Teatro Nacional



Desde Francia llegaron sus trazos a Italia. Allí, en las cercanías de Milán, se halla la sede de la editorial Mondadori, un inmueble al que quiso aportarle «un ritmo diferente, casi musical», con grandes columnas y la armonía en los espacios que nunca debe faltar.





Congreso Nacional



Saltó incluso a África con sus propuestas. De hecho, desde París ideó varios proyectos con destino a Argelia. Si su catedral de Brasilia ha cosechado un sinfín de elogios y acapara miradas, algo parecido hubiera sucedido si finalmente se hubiera hecho realidad la sinagoga que se atrevió a proyectar sobre el mar. No se llegó a realizar, porque hasta en el currículo de los arquitectos más brillantes aparecen esos proyectos que finalmente nunca vieron la luz. Niemeyer tiene otro precisamente en Israel que se quedó en utopía: crear en el desierto del Negev una nueva ciudad repleta de rascacielos. Dos ciudades nuevas para un solo hombre quizá hubiera sido demasiado.





Palacio Itamaraty



Quizá tampoco era el momento, porque había que volver a casa. A mediados de los setenta, dejando un importante legado en Francia (como la Bolsa de Trabajo de Bobigny o el centro cultural de Le Havre) Niemeyer volvió a Brasil, el país en el que construyó apartamentos, parques, barrios, museos, escuelas… El país en el que creó obras tan emblemáticas como la pasarela del sambódromo de Río, de obligada mención para un carioca que siempre ha sabido disfrutar de la vida.





Catedral Metropolitana



No ha dejado Niemeyer de crear en ningún momento. Su cabeza sigue activa, con obras tan importantes como el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, cuya imagen se ha convertido ya casi en icono. Lo sigue haciendo. Acaba de firmar el proyecto de museo homenaje a Pelé.

Ver comentarios – Publicado en Buscador de Arquitectura con el título Oscar Niemeyer y su mundo

Llevó la ideología al ladrillo y el concreto, que lo mismo diseñó una iglesia que una mezquita, el hombre de origen judío que renegaba de la religión, el comunista confeso sigue pisando fuerte después de transitar dos siglos claves ambos en la historia de la arquitectura.

Descubrió la inspiración en la naturaleza, en las montañas, los ríos, las nubes, las olas del mar, en las curvas que contribuye un mundo en el que dejó su huella en varios continentes. Oscar Niemeyer, que tuvo estudio en los Campos Eliseos y Copacabana.



Él tiene su sello impreso en proyectos que hoy se estudian en las escuelas de arquitectura de medio mundo. El primero de ellos, el que siempre aparece en primer término en su currículum, esa paternidad que no completa en el diseño de la ciudad de Brasilia. Allí su nombre se inscribe en 1957 cuando es nombrado arquitecto jefe de Nova Cap, la entidad de encargada de crear la que sería la nueva capital de Brasil. Lo hizo junto a Lucio Costa. Y llegaron entonces el Palacio de la Alvarada, el Teatro Nacional, el Congreso Nacional, el Palacio Itamaraty, la Catedral Metropolitana, la archifotografiada plaza de los Tres Poderes…





Brasilia





Palacio de la Alvarada



Su nombre se asocia de inmediato con Brasilia, pero es mucho más que eso. Es Río. Es Sao Paulo. Es París. Es también Avilés, la única ciudad española que puede presumir de contar con el legado de un arquitecto especialmente prolijo en su país, pero que también dejó mucha obra en Europa. Nunca le gustó volar. Ni siquiera se animó este fan irredento de Le Corbusier –con quien firmó la sede de Naciones Unidas en Nueva York– a cruzar el charco para recoger el Premio Príncipe de Asturias. Pero la política, siempre presente en su vida y en su obra, le obligó a abandonar en los años sesenta su país para tomar rumbo a Francia. Una dictadura militar era mucho más de lo que podía soportar un comunista de pro, que, pese a todo, instaló su estudio en la mejor calle de París. Allí ideó el genio carioca una de sus obras más emblemáticas en el continente europeo, la sede del Partido Comunista de Francia en la capital gala. «Mi preocupación fue mantener sobre el terreno un equilibrio entre los volúmenes y los espacios libres», dijo sobre un bloque levantado en 1967.





Teatro Nacional



Desde Francia llegaron sus trazos a Italia. Allí, en las cercanías de Milán, se halla la sede de la editorial Mondadori, un inmueble al que quiso aportarle «un ritmo diferente, casi musical», con grandes columnas y la armonía en los espacios que nunca debe faltar.





Congreso Nacional



Saltó incluso a África con sus propuestas. De hecho, desde París ideó varios proyectos con destino a Argelia. Si su catedral de Brasilia ha cosechado un sinfín de elogios y acapara miradas, algo parecido hubiera sucedido si finalmente se hubiera hecho realidad la sinagoga que se atrevió a proyectar sobre el mar. No se llegó a realizar, porque hasta en el currículo de los arquitectos más brillantes aparecen esos proyectos que finalmente nunca vieron la luz. Niemeyer tiene otro precisamente en Israel que se quedó en utopía: crear en el desierto del Negev una nueva ciudad repleta de rascacielos. Dos ciudades nuevas para un solo hombre quizá hubiera sido demasiado.





Palacio Itamaraty



Quizá tampoco era el momento, porque había que volver a casa. A mediados de los setenta, dejando un importante legado en Francia (como la Bolsa de Trabajo de Bobigny o el centro cultural de Le Havre) Niemeyer volvió a Brasil, el país en el que construyó apartamentos, parques, barrios, museos, escuelas… El país en el que creó obras tan emblemáticas como la pasarela del sambódromo de Río, de obligada mención para un carioca que siempre ha sabido disfrutar de la vida.





Catedral Metropolitana



No ha dejado Niemeyer de crear en ningún momento. Su cabeza sigue activa, con obras tan importantes como el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, cuya imagen se ha convertido ya casi en icono. Lo sigue haciendo. Acaba de firmar el proyecto de museo homenaje a Pelé.

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