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Fernando Romero, el arquitecto con alma de escritor

Dicen que la arquitectura es cuestión de armonías, una pura creación del espíritu. Fernando Romero ha buscado eso en sus diseños arquitectónicos. El más reciente, el nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México, un proyecto ejecutivo que Romero tiene en sus manos.

Dicen que la arquitectura es cuestión de armonías, una pura creación del espíritu. Fernando Romero ha buscado eso en sus diseños arquitectónicos. El más reciente, el nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México, un proyecto ejecutivo que Romero tiene en sus manos.

Esta historia hablará de un arquitecto que cambió los poemas por diagramas y edificios impensables. –Yo quería dedicarme a escribir. Estaba escribiendo y un poeta vio mis poe­mas y dijo que era muy malo. Entonces decidí buscar otra opción–, dirá Fernando Romero desde un laboratorio convertido en oficina para pensar, crear y moldear estructuras con formas orgánicas.



Me hablará también de “Ítaca”, un poema de Constantino Cavafis que Fernando Romero tiene muy presente como quien mira al pasado con una dosis de nostalgia.



Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Más no apures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.



–Es básicamente el viaje que todos tenemos en la vida para llegar a la isla. La isla pueden ser tu sueños, expresa Fernando mientras da indi­caciones para enviar un proyecto de urgencia a un cliente.



Sobre mesas largas de madera, hay decenas de maquetas con formas que el equipo de 60 personas de FR-EE Enterprise, su despacho de arquitectura, busca que sean aprobadas y cons­truidas por ingenieros.



Al fondo, pegadita a su oficina hay una maqueta de lo que parece una pirámide con jardines col­gantes para que vivan familias en medio de una gran ciudad. También un templo cuya forma –dice una de las arquitectas de FR-EE– evoca el manto de la Virgen María. También un edificio hexagonal alimentado por celdas fotovoltaicas que arropará centros comerciales, hoteles, ca­sinos y canchas de fútbol.



Imagino y compruebo que en estas paredes está prohibido lo normal. En el piso catorce de la Pla­za Carso, los cerebros del grupo de arquitectos del Politécnico, UNAM, Unitec o Ibero, están en trance creativo. No sé cómo se comunican de tan quedito que hablan.



El lenguaje aquí se ha trasladado a las manos. Dibujan, cortan o arman figuras pequeñas para unir complejas estructuras de yeso o plastilina o alambre. Luego ponen figuritas pequeñas de coches y personas.



El laboratorio de arquitectura que mira hacia ce­rros cubiertos de nubes, al que casi todos nom­bran “La oficina”, tiene un jefe convencido de que todos son los proyectos más importantes del laboratorio.



Esta tarde seis manos dan forma a un edificio que emula a pirámides escalonadas con vegeta­ción en las terrazas. Libia Castilla, una de las en­cargadas de transformar las ideas de Fernando Romero en maquetas, corta pequeños pedazos de acrílico que paga en los balcones. Eso será la vegetación para que el edificio esté fresco y capte agua.



–¿Cómo traduces una idea de Fernando?



–Él te da como una idea de cómo lo quiere. Lo dibuja totalmente plano, empieza a platicar y tu cerebro tiene que mal viajarse un rato para resolver cómo empezar a trabajar esa forma. Le saco la idea en general y a partir de ahí empe­zamos a trabajar cortando lijando, dando forma a lo que él piensa–, responde la arquitecto Libia Castilla.



Las mentes de FR-EE operan con directores de equipo. Cada uno lleva sus proyectos. Fernan­do Romero valora la eficiencia de las personas y luego pide a cada director de equipo que las desarrolle.



El vals creativo no podría entenderse sin una escuela de arquitectura que Romero aprendió entre sus 25 y 28 años.



Un mensaje de fax enmarcado y colgado en uno de los muros de la oficina me dará una pista de los tiempos de aprendizaje de Fernando Rome­ro.



El fax –escrito con letra de molde– debió llegar a las 09:46 del 5 de agosto de 1999 y decía: “Es­timado Fernando: Después de una semana difí­cil en Porto y de escribir algunas cartas, parece que el proyecto de Porto seguirá…”



El mensaje lo escribió Rem Koolhaas; uno de los arquitectos con los que Fernando Romero tra­bajó en la ciudad Rotterdam, Holanda y direc­tor de la Office for Metropolitan Architecture (OMA). Koolhaas, es una máquina humana de ideas que piensa que los arquitectos “deberían convertir­se en algo mucho más político, más antropoló­gico y más económico”. Ganó el premio Pritzker en 2000, considerado como el nobel de la ar­quitectura.



Dudas en el camino



En la entrada de FR-EE está la maqueta consentida de la oficina: La maqueta del museo Soumaya. ¿Sa­brán los visitantes de esta estructura plateada de 28 columnas de acero curvas que su creador estuvo a punto de tirar la toalla? ¿Qué se usaron más de 300 maquetas para aproximarse a la creación final?



El director de FR-EE, Fernando Romero, quería es­tudiar comunicación como su hermano mayor pero no fue aceptado en la carrera.



–Accidentalmente –cuenta al recordar sus pasos por la Universidad Iberoamericana– caí en la arqui­tectura en una generación de puros hijos de arqui­tectos, todos ya sabían dibujar de dos a tres años atrás. Un semestre reprobé redondito la escuela.



Todos eran de diez, nueves y ochos y ahí dije, pues a lo mejor la dejo, no soy bueno para esto. Acabé la carrera y todavía tenía el gusanito de que a lo me­jor la dejaba. A lo mejor me dedicaba a otra cosa. Quería acabarla rápido.



En sus primeros años en Europa, Fernando Romero trabajó con el español Enric Miralles, un arquitecto que “inventaba para los demás”.



Su mujer y también arquitecta Benedetta Taglia­bue, lo perfila en la página de su fundación (www. fundacioenricmiralles.com): “Siempre le decía a Enric Miralles…“Enric ¡tu eres un inventor!” y él se quedaba contento.



–Con Enric, participé en el proyecto para la cons­trucción de la biblioteca de Tokio y con Nouvel, la embajada de Francia en Berlín en concurso.



Terminé de trabajar en Paris y todavía seguía con el gusanito, ¿Será que soy arquitecto o me dedico a otra cosa? Yo estaba con Nouvel y seguía dudando. Al final era una oficina muy grande y era una es­tructura muy cartesiana. Si venías llegando (a esa oficina) no tomabas decisiones.



La escuela de Fernando entre holandeses y espa­ñoles comenzó en 1999 cuando creó FREE, un despacho de arquitectos que –a decir de Romero- no tiene la dependencia de un estilo en particular.



Es una oficina muy dinámica que apenas está to­mando cierta escala pero que tiene un camino por delante inmenso en términos de buscar eficiencia, de mejores procesos. Ahí tenemos un mundo por hacer. Veo los próximos tres años como un proce­so de consolidación y de traer gente que ayude a consolidar los procesos, a volverlos más eficientes.



Pero también hay reglas. En FR-EE está pro­hibido ser espectador en las juntas. Julio González, uno de los miembros del equipo, confiesa que a Fernando Romero le gusta que cuando llegues a una junta, estés preparado.



—No le gusta que empieces a pensar cuan­do llegas a las juntas. Prefiere que organi­ces el tiempo; si no preparaste la junta, no es productiva.



Pero también Julio González narra algunos de los dolores de cabeza de su jefe. Como los vidrios con tonalidades verdosas que oscurecen una estructura.



—No le gustan ciertos materiales. Fernando siempre busca proponer los mejores para hacer un edificio más estético y con calidad. Pero a veces el cliente se va más por el pre­cio que por la calidad. Entonces él entra en un conflicto porque lo imaginaba de forma diferente. Como rompes todo el contexto. Se enoja cuando no cumplen con la especi­ficación que se pide. Si al final no es como él se imaginó, entonces se molesta.



Para saber más, platico con Giovanna Ánge­les, hasta ese momento encargada de Re­cursos Humanos de FREE. Por ella conoceré que Fernando es vegetariano, que tienes que ser “muy pilas para él”.



Que valora a la gente con iniciativa y propo­sitiva. Que si pide cosas debes quedarte a la una o dos de la madrugada. “Le desespera la gente muy lenta o que no resuelve las co­sas”. Sabré que nació el 11 de octubre de 1971, toma agua caliente o te en la comida y de postre prefiere las galletas integrales o el pastel de zanahoria.



De vuelta a la realidad



Romero volvió a México a los 28 años y empezó –cuenta– como todos los arquitectos: Haciendo una casita y un estudio para tus tíos y pequeñas cosas.



Fernando cree que al principio todo es un poco áspero. Sobre todo porque vienes de una gran oficina donde tienes un gran proyecto cada dos meses y los mejores clientes del mundo.



–Dicen que el tiempo que te mar­chas (del país), es el tiempo que te lleva adaptarte cuando regresas y yo lo viví.



El derechazo de la realidad mexicana a la que se enfrentó Romero, le demostró que una cosa era no parar de diseñar de lunes a domingo en Europa y otra des­cubrir que en México no había concur­sos ni gente que le interesa al diseño.



Y vuelve a la carga:



La cultura no ha sido prioridad de los gobiernos… ¿Cómo poder hacer una cultura que sea accesible, no a la élite, sino a la base de la pirámide? Cómo poder hacer una instrumentación que permita llevar la cultura a la base de la pirámide y que junto con esa cultura se genere bienestar social y desarrollo del ser humano.



El arquitecto se encarrila y afirma hay que “debe hacerse una obra que resuel­va problemas de infraestructura. Que la arquitectura dignifique a la gente que lleve la cultura al barrio. Que pueda construir la imagen del país”.



La arquitectura no se mide por escala o por tamaño. Se puede construir un salón de clases y que tenga la misma intensidad de un museo. –Puedes hacer una biblioteca pública en Seattle debe­ría poder tener la misma intensidad que hacer una casa extraordinaria. Pensan­do que la arquitectura no tiene nece­sariamente, en términos de escala, su transcendencia, la oficina sigue hacien­do proyectos de museos, proyectos de pequeña escala, intervenciones sociales de bajo presupuesto.



Los diagramas de Fernando



Sobre una hoja, Romero muestra su técnica para lograr ciertas cosas a través de diagramas. Lo hace diario. Reconoce que es muy deman­dante pero los trazos van acompañados de preguntas: –¿Dónde están mis prioridades? ,¿Cuáles ya no me sirven?, ¿Cuáles tengo que reva­lorar?, ¿Cuáles necesito reforzarme y volver a poner atención en ellas para poderlas lograr?



Mi vida ha sido un poco eso. Constantemente debo hacer un diagrama de mis condiciones y restructurar otras prio­ridades.



–¿Cuántos borradores de tu vida tienen estos diagramas?



–Mi vida en gran medida, es mi trabajo. Entonces casi todos los días me levanto y digo: A ver, aquí está tal proyecto. Necesitamos hacer estas cosas. Todos los días hago eso. Ahí están pedacitos de mi vida.



Hay profesiones en las que la gente se separa, la arquitectura es algo que constantemente ya llevas dentro y estás pensando cómo lograr y materializar ciertas metas. Yo creo mucho en esta profesión se re­quiere como un deseo absoluto para que las cosas sucedan y tienes que poner toda tu pasión y toda tu atención en eso. Mientras más esa sea tu atención, es más viable es que las cosas lleguen a suceder.



–¿Deseo absoluto a costa de qué?



–Que el proyecto se materialize, llegue a buen término y resuelva condiciones sociales. La arquitectura que hace la oficina, no es muy comercial.



Esa es una de las razones por las cuales la arquitectura de la oficina, ha sido tan diversa y flexible, pues siempre estamos investigando po­sibles soluciones en distintas direcciones.



–¿Cómo ha definido la arquitectura su vida?



–No creo mucho en los estilos. La generación pasada se obsesionó por la idea de ser fiel a un estilo. Nosotros estamos convencidos de que la arquitectura es un proceso de traducción y que en cada contexto tie­nes una respuesta distinta. Cada contexto significa no solo el contexto físico que rodea un bien inmueble, sino también contexto histórico. El contexto cultural, el contexto que el mismo cliente tiene implícito en su condición social.



–¿Cómo es la maqueta de la vida de Fernando Romero?



–Nunca lo había visto desde esa perspectiva. La realidad es que los arquitectos vemos las maquetas como la forma de aproximarnos a las soluciones. Imagínate que esto fuera un edificio. Al verlo trato de entender cómo funciona el contexto, la escala. Trato de depurar y de­tallar. Yo nunca he usado una maqueta para el concepto de mi vida, pero sería muy interesante.



La tarde se va acabando en el laboratorio FR-EE. Fernando sigue en su mesa de trabajo con una foto inmensa de una casa de campo. A sus espaldas tiene imágenes de su esposa Soumaya Slim Domit, hija de Carlos Slim, el hombre que según la revista Forbes, es el más rico del mundo. También fotos de sus cuatro hijos.



Fernando y los arquitectos de su oficina siguen hablando con las ma­nos, armando maquetas, diseñando, creando formas impensables. La más reciente la nueva terminal del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México que se instalará en Texcoco.

Ver comentarios – Publicado en Buscador de Arquitectura con el título Fernando Romero, el arquitecto con alma de escritor

Dicen que la arquitectura es cuestión de armonías, una pura creación del espíritu. Fernando Romero ha buscado eso en sus diseños arquitectónicos. El más reciente, el nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México, un proyecto ejecutivo que Romero tiene en sus manos.

Esta historia hablará de un arquitecto que cambió los poemas por diagramas y edificios impensables. –Yo quería dedicarme a escribir. Estaba escribiendo y un poeta vio mis poe­mas y dijo que era muy malo. Entonces decidí buscar otra opción–, dirá Fernando Romero desde un laboratorio convertido en oficina para pensar, crear y moldear estructuras con formas orgánicas.



Me hablará también de “Ítaca”, un poema de Constantino Cavafis que Fernando Romero tiene muy presente como quien mira al pasado con una dosis de nostalgia.



Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Más no apures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.



–Es básicamente el viaje que todos tenemos en la vida para llegar a la isla. La isla pueden ser tu sueños, expresa Fernando mientras da indi­caciones para enviar un proyecto de urgencia a un cliente.



Sobre mesas largas de madera, hay decenas de maquetas con formas que el equipo de 60 personas de FR-EE Enterprise, su despacho de arquitectura, busca que sean aprobadas y cons­truidas por ingenieros.



Al fondo, pegadita a su oficina hay una maqueta de lo que parece una pirámide con jardines col­gantes para que vivan familias en medio de una gran ciudad. También un templo cuya forma –dice una de las arquitectas de FR-EE– evoca el manto de la Virgen María. También un edificio hexagonal alimentado por celdas fotovoltaicas que arropará centros comerciales, hoteles, ca­sinos y canchas de fútbol.



Imagino y compruebo que en estas paredes está prohibido lo normal. En el piso catorce de la Pla­za Carso, los cerebros del grupo de arquitectos del Politécnico, UNAM, Unitec o Ibero, están en trance creativo. No sé cómo se comunican de tan quedito que hablan.



El lenguaje aquí se ha trasladado a las manos. Dibujan, cortan o arman figuras pequeñas para unir complejas estructuras de yeso o plastilina o alambre. Luego ponen figuritas pequeñas de coches y personas.



El laboratorio de arquitectura que mira hacia ce­rros cubiertos de nubes, al que casi todos nom­bran “La oficina”, tiene un jefe convencido de que todos son los proyectos más importantes del laboratorio.



Esta tarde seis manos dan forma a un edificio que emula a pirámides escalonadas con vegeta­ción en las terrazas. Libia Castilla, una de las en­cargadas de transformar las ideas de Fernando Romero en maquetas, corta pequeños pedazos de acrílico que paga en los balcones. Eso será la vegetación para que el edificio esté fresco y capte agua.



–¿Cómo traduces una idea de Fernando?



–Él te da como una idea de cómo lo quiere. Lo dibuja totalmente plano, empieza a platicar y tu cerebro tiene que mal viajarse un rato para resolver cómo empezar a trabajar esa forma. Le saco la idea en general y a partir de ahí empe­zamos a trabajar cortando lijando, dando forma a lo que él piensa–, responde la arquitecto Libia Castilla.



Las mentes de FR-EE operan con directores de equipo. Cada uno lleva sus proyectos. Fernan­do Romero valora la eficiencia de las personas y luego pide a cada director de equipo que las desarrolle.



El vals creativo no podría entenderse sin una escuela de arquitectura que Romero aprendió entre sus 25 y 28 años.



Un mensaje de fax enmarcado y colgado en uno de los muros de la oficina me dará una pista de los tiempos de aprendizaje de Fernando Rome­ro.



El fax –escrito con letra de molde– debió llegar a las 09:46 del 5 de agosto de 1999 y decía: “Es­timado Fernando: Después de una semana difí­cil en Porto y de escribir algunas cartas, parece que el proyecto de Porto seguirá…”



El mensaje lo escribió Rem Koolhaas; uno de los arquitectos con los que Fernando Romero tra­bajó en la ciudad Rotterdam, Holanda y direc­tor de la Office for Metropolitan Architecture (OMA). Koolhaas, es una máquina humana de ideas que piensa que los arquitectos “deberían convertir­se en algo mucho más político, más antropoló­gico y más económico”. Ganó el premio Pritzker en 2000, considerado como el nobel de la ar­quitectura.



Dudas en el camino



En la entrada de FR-EE está la maqueta consentida de la oficina: La maqueta del museo Soumaya. ¿Sa­brán los visitantes de esta estructura plateada de 28 columnas de acero curvas que su creador estuvo a punto de tirar la toalla? ¿Qué se usaron más de 300 maquetas para aproximarse a la creación final?



El director de FR-EE, Fernando Romero, quería es­tudiar comunicación como su hermano mayor pero no fue aceptado en la carrera.



–Accidentalmente –cuenta al recordar sus pasos por la Universidad Iberoamericana– caí en la arqui­tectura en una generación de puros hijos de arqui­tectos, todos ya sabían dibujar de dos a tres años atrás. Un semestre reprobé redondito la escuela.



Todos eran de diez, nueves y ochos y ahí dije, pues a lo mejor la dejo, no soy bueno para esto. Acabé la carrera y todavía tenía el gusanito de que a lo me­jor la dejaba. A lo mejor me dedicaba a otra cosa. Quería acabarla rápido.



En sus primeros años en Europa, Fernando Romero trabajó con el español Enric Miralles, un arquitecto que “inventaba para los demás”.



Su mujer y también arquitecta Benedetta Taglia­bue, lo perfila en la página de su fundación (www. fundacioenricmiralles.com): “Siempre le decía a Enric Miralles…“Enric ¡tu eres un inventor!” y él se quedaba contento.



–Con Enric, participé en el proyecto para la cons­trucción de la biblioteca de Tokio y con Nouvel, la embajada de Francia en Berlín en concurso.



Terminé de trabajar en Paris y todavía seguía con el gusanito, ¿Será que soy arquitecto o me dedico a otra cosa? Yo estaba con Nouvel y seguía dudando. Al final era una oficina muy grande y era una es­tructura muy cartesiana. Si venías llegando (a esa oficina) no tomabas decisiones.



La escuela de Fernando entre holandeses y espa­ñoles comenzó en 1999 cuando creó FREE, un despacho de arquitectos que –a decir de Romero- no tiene la dependencia de un estilo en particular.



Es una oficina muy dinámica que apenas está to­mando cierta escala pero que tiene un camino por delante inmenso en términos de buscar eficiencia, de mejores procesos. Ahí tenemos un mundo por hacer. Veo los próximos tres años como un proce­so de consolidación y de traer gente que ayude a consolidar los procesos, a volverlos más eficientes.



Pero también hay reglas. En FR-EE está pro­hibido ser espectador en las juntas. Julio González, uno de los miembros del equipo, confiesa que a Fernando Romero le gusta que cuando llegues a una junta, estés preparado.



—No le gusta que empieces a pensar cuan­do llegas a las juntas. Prefiere que organi­ces el tiempo; si no preparaste la junta, no es productiva.



Pero también Julio González narra algunos de los dolores de cabeza de su jefe. Como los vidrios con tonalidades verdosas que oscurecen una estructura.



—No le gustan ciertos materiales. Fernando siempre busca proponer los mejores para hacer un edificio más estético y con calidad. Pero a veces el cliente se va más por el pre­cio que por la calidad. Entonces él entra en un conflicto porque lo imaginaba de forma diferente. Como rompes todo el contexto. Se enoja cuando no cumplen con la especi­ficación que se pide. Si al final no es como él se imaginó, entonces se molesta.



Para saber más, platico con Giovanna Ánge­les, hasta ese momento encargada de Re­cursos Humanos de FREE. Por ella conoceré que Fernando es vegetariano, que tienes que ser “muy pilas para él”.



Que valora a la gente con iniciativa y propo­sitiva. Que si pide cosas debes quedarte a la una o dos de la madrugada. “Le desespera la gente muy lenta o que no resuelve las co­sas”. Sabré que nació el 11 de octubre de 1971, toma agua caliente o te en la comida y de postre prefiere las galletas integrales o el pastel de zanahoria.



De vuelta a la realidad



Romero volvió a México a los 28 años y empezó –cuenta– como todos los arquitectos: Haciendo una casita y un estudio para tus tíos y pequeñas cosas.



Fernando cree que al principio todo es un poco áspero. Sobre todo porque vienes de una gran oficina donde tienes un gran proyecto cada dos meses y los mejores clientes del mundo.



–Dicen que el tiempo que te mar­chas (del país), es el tiempo que te lleva adaptarte cuando regresas y yo lo viví.



El derechazo de la realidad mexicana a la que se enfrentó Romero, le demostró que una cosa era no parar de diseñar de lunes a domingo en Europa y otra des­cubrir que en México no había concur­sos ni gente que le interesa al diseño.



Y vuelve a la carga:



La cultura no ha sido prioridad de los gobiernos… ¿Cómo poder hacer una cultura que sea accesible, no a la élite, sino a la base de la pirámide? Cómo poder hacer una instrumentación que permita llevar la cultura a la base de la pirámide y que junto con esa cultura se genere bienestar social y desarrollo del ser humano.



El arquitecto se encarrila y afirma hay que “debe hacerse una obra que resuel­va problemas de infraestructura. Que la arquitectura dignifique a la gente que lleve la cultura al barrio. Que pueda construir la imagen del país”.



La arquitectura no se mide por escala o por tamaño. Se puede construir un salón de clases y que tenga la misma intensidad de un museo. –Puedes hacer una biblioteca pública en Seattle debe­ría poder tener la misma intensidad que hacer una casa extraordinaria. Pensan­do que la arquitectura no tiene nece­sariamente, en términos de escala, su transcendencia, la oficina sigue hacien­do proyectos de museos, proyectos de pequeña escala, intervenciones sociales de bajo presupuesto.



Los diagramas de Fernando



Sobre una hoja, Romero muestra su técnica para lograr ciertas cosas a través de diagramas. Lo hace diario. Reconoce que es muy deman­dante pero los trazos van acompañados de preguntas: –¿Dónde están mis prioridades? ,¿Cuáles ya no me sirven?, ¿Cuáles tengo que reva­lorar?, ¿Cuáles necesito reforzarme y volver a poner atención en ellas para poderlas lograr?



Mi vida ha sido un poco eso. Constantemente debo hacer un diagrama de mis condiciones y restructurar otras prio­ridades.



–¿Cuántos borradores de tu vida tienen estos diagramas?



–Mi vida en gran medida, es mi trabajo. Entonces casi todos los días me levanto y digo: A ver, aquí está tal proyecto. Necesitamos hacer estas cosas. Todos los días hago eso. Ahí están pedacitos de mi vida.



Hay profesiones en las que la gente se separa, la arquitectura es algo que constantemente ya llevas dentro y estás pensando cómo lograr y materializar ciertas metas. Yo creo mucho en esta profesión se re­quiere como un deseo absoluto para que las cosas sucedan y tienes que poner toda tu pasión y toda tu atención en eso. Mientras más esa sea tu atención, es más viable es que las cosas lleguen a suceder.



–¿Deseo absoluto a costa de qué?



–Que el proyecto se materialize, llegue a buen término y resuelva condiciones sociales. La arquitectura que hace la oficina, no es muy comercial.



Esa es una de las razones por las cuales la arquitectura de la oficina, ha sido tan diversa y flexible, pues siempre estamos investigando po­sibles soluciones en distintas direcciones.



–¿Cómo ha definido la arquitectura su vida?



–No creo mucho en los estilos. La generación pasada se obsesionó por la idea de ser fiel a un estilo. Nosotros estamos convencidos de que la arquitectura es un proceso de traducción y que en cada contexto tie­nes una respuesta distinta. Cada contexto significa no solo el contexto físico que rodea un bien inmueble, sino también contexto histórico. El contexto cultural, el contexto que el mismo cliente tiene implícito en su condición social.



–¿Cómo es la maqueta de la vida de Fernando Romero?



–Nunca lo había visto desde esa perspectiva. La realidad es que los arquitectos vemos las maquetas como la forma de aproximarnos a las soluciones. Imagínate que esto fuera un edificio. Al verlo trato de entender cómo funciona el contexto, la escala. Trato de depurar y de­tallar. Yo nunca he usado una maqueta para el concepto de mi vida, pero sería muy interesante.



La tarde se va acabando en el laboratorio FR-EE. Fernando sigue en su mesa de trabajo con una foto inmensa de una casa de campo. A sus espaldas tiene imágenes de su esposa Soumaya Slim Domit, hija de Carlos Slim, el hombre que según la revista Forbes, es el más rico del mundo. También fotos de sus cuatro hijos.



Fernando y los arquitectos de su oficina siguen hablando con las ma­nos, armando maquetas, diseñando, creando formas impensables. La más reciente la nueva terminal del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México que se instalará en Texcoco.

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