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El mundo curvo de Oscar Niemeyer. Los inicios de Brasilia

Durante el largo período transcurrido entre Pampulha y Brasilia continué en contacto con JK y por pedido suyo diseñé varios proyectos para Minas Gerais, como el Colegio Estadual, la Escuela Júlia Kubitschek, el Banco Mineiro da Produção, la Biblioteca Estadual y el Teatro Municipal de Belo Horizonte, además de un hotel y un club que proyecté para Diamantina. Recién en 1957 surgió el tema de la Nueva Capital. JK fue a buscarme a mi casa en la Estrada das Canoas y juntos bajamos a la ciudad.

Durante el largo período transcurrido entre Pampulha y Brasilia continué en contacto con JK y por pedido suyo diseñé varios proyectos para Minas Gerais, como el Colegio Estadual, la Escuela Júlia Kubitschek, el Banco Mineiro da Produção, la Biblioteca Estadual y el Teatro Municipal de Belo Horizonte, además de un hotel y un club que proyecté para Diamantina.

Recién en 1957 surgió el tema de la Nueva Capital. JK fue a buscarme a mi casa en la Estrada das Canoas y juntos bajamos a la ciudad. Quería construir Brasilia, una nueva capital para nuestro país y, como había ocurrido antes con Pampulha, desea­ba contar con mi colaboración… Con la mía y con la de Marco Paulo Rabello, que al igual que yo lo acompañó desde Pampulha hasta la inauguración de la nueva ciudad. Entusiasmado, JK me comentó que pretendía construir una ciudad moderna y concluyó envalentonado: “La más bella del mundo”. […]

Acompañé a JK en el primer viaje que hizo al lugar. Recuerdo que el ministro de Guerra, el general Lott, me preguntó: “¿Los edificios del Ejército serán modernos o clásicos?”. Y yo le respon­dí: “En la guerra, ¿usted prefiere armas modernas o clásicas?”. Y él sonrió con simpatía.

Fueron tres horas de vuelo; confieso que no tuve una buena primera impresión del lugar. Lejos, lejos de todo, una tierra vacía y abandonada. Pero el entusiasmo de JK era tan grande su objetivo de llevar el progreso al interior del país era tan válido, que todos terminamos concordando con él.

La distancia, la conveniencia de la presencia de JK en el lugar para mantener la euforia del emprendimiento nos llevaron a pensar que era necesario iniciar los trabajos con la construcción de una posada donde él pudiera alojarse los fines de semana. Se pensó en una casa de madera. Diseñé las plantas. Juca Chaves y Milton Prates comandaron la construcción y yo firmé un pagaré que, descontado en un banco, permitió realizar la obra, luego conocida como “Catetinho” en referencia al Palacio de Catete.

Quince días después, JK ya la utilizaba. Era su refugio de la polí­tica, de los que cuestionaban la construcción de la Nueva Capital, un lugar donde conversar con los amigos y discutir cómo sería la nueva ciudad, su sueño dilecto. A la vuelta de la casa había un grupo de árboles -como un pequeño oasis- que la destacaba en aquella tierra rasa y vacía del terreno. Recuerdo que el agua provenía de una caja colgada en uno de los árboles, que el espacio para estar y conversar era bajo los pilotes, en torno a una larga mesa rodeada de bancos de madera. Circulaban el whisky y la camaradería. Nuestro amigo Bernardo Sayão traía en helicóptero los víveres y otros elementos necesarios por la mañana temprano y Brasilia ya estaba en el corazón de todos.

Habíamos empezado a trabajar en el proyecto en la sede del Ministerio de Educación y Salud, en Río de Janeiro. Pero poco después me pareció conveniente que nos mudáramos a Brasilia. Y allá fui con mis colaboradores. No me convencía llevar sola­mente arquitectos e invité a otros amigos: un médico, dos perio­distas y cuatro camaradas que no entendían una sola palabra de arquitectura. Estaban sin trabajo, eran inteligentes y divertidos, y comprendí que era el momento de ayudarlos. Yo no quería pasar las noches de Brasilia hablando de arquitectura, que para mí no es sino un complemento de la vida, que es muchísimo más importante que la arquitectura.

La cuestión del Plan Piloto se volvió urgente y organizamos un concurso internacional. Inquieto, JK insistía: “Niemeyer, no podemos perder tiempo. Haga usted mismo el Plan Piloto”. Pero yo no aceptaba. Incluso pensaba que Reidy podría participar en el concurso. De todos nosotros, debido a la función que ejercía en la Prefectura de Río, era el más informado sobre el tema. Pero Reidy no se presentó y el que sí lo hizo fue Lúcio Costa, con su talento excepcional.

Recuerdo que intentaron cancelar el concurso cuando ya esta­ba por terminar y el proyecto de Lúcio se destacaba entre todo el material recibido. El presidente del IAB contactó a Israel Pinheiro y le sugirió que se nombrara una comisión de urbanistas para elaborar un nuevo proyecto. Israel le dijo que la cosa era conmigo y fue en el Club dos Marimbás, en presencia del arquitecto João Cavalcanti, donde declaré: “De mi parte van a encontrar todos los obstáculos”. Y Lúcio fue el vencedor.

Era una solución urbanística innovadora: los distintos sec­tores independientes, el área habitacional vinculada al pequeño comercio y las escuelas, el Eje Monumental recordando con su monumentalidad la grandeza de nuestro país, y la Plaza de los Tres Poderes completándolo, volcada sobre el cerrado como Lúcio quería.

El Plan Piloto contemplaba la escala variada, humana o monumental, que sólo un hombre sensible como Lúcio podía concebir.

El primer proyecto que pusimos en marcha en Brasilia fue el Palacio de la Alborada. Su ubicación no había sido establecida en el Plan Piloto. Y no podíamos esperar. Salimos a buscarla con Israel Pinheiro, los pastos altos golpeándonos las rodillas, cerrado adentro.

Diseñé el proyecto. Un edificio simple en dos plantas. Des­tinado a residencia del presidente y a su área de trabajo. Lo proyectamos con tanto esmero que ambos sectores se comunican sin perder la independencia deseable. Recuerdo el balcón amplio, sin antepecho, elevado un metro sobre el suelo y protegido por columnas que formaban una serie de curvas repetidas.

Recuerdo que André Malraux dijo cuando visitó el palacio: “Éstas son las columnas más hermosas que he visto, después de las columnas griegas”. Las copiaron en Brasil, en un edificio de correos en los Estados Unidos, en Grecia, en Libia, en todas partes. Las copias nunca me molestaron. Tal como había ocurrido con Pampulha, las aceptaba satisfecho. Eran la prueba de que mi trabajo le gustaba a mucha gente.

El palacio sugería cosas del pasado. El sentido horizontal de la fachada, la ancha galería protectora, la pequeña capilla que evocaba como un eco nuestras viejas casas de fazenda.

Después del Palacio de la Alborada comenzamos a estudiar el Eje Monumental y dimos inicio al proyecto con la Plaza de los Tres Poderes. La plaza estaba integrada, como establecía el Plan Piloto, por el Palacio del Planalto, el Palacio del Supremo Tribunal Federal y el Congreso, este último un poco más aleja­do. Alejamiento justificado por una serie de espejos de agua e hileras de palmeras.

Pero la idea de que el Congreso debía integrarse a la Plaza de los Tres Poderes me preocupaba, lo cual explica que hayamos mantenido la techumbre de ese palacio al mismo nivel de las ave­nidas, permitiendo que quienes se acercan vean, por encima de ella y entre las cúpulas proyectadas, la Plaza de los Tres Poderes, de la cual el Congreso forma parte.

Y con esta solución las cúpulas del Senado y de la Cámara Baja se volvieron más imponentes y monumentales, quedando así exaltada su jerarquía en el conjunto.

Recuerdo a Le Corbusier diciéndole a Ítalo Campofiorito, mientras subían por la rampa del Congreso: “¡Aquí hay inven­ción!”. Fueron las enormes cúpulas de ese palacio las que tanto lo sorprendieron por la osadía inventiva que revelaban.

Al diseñar los palacios del Planalto y del STF decidí mantenerme dentro de formas regulares y utilizar el mismo tipo de apoyo como elemento de unidad plástica, lo que explica el diseño más libre que adopté para las columnas de esos dos edificios en particular.

Los palacios apenas parecen tocar el suelo. Una opción arqui­tectónica que el pernambucano Joaquim Cardozo, ingeniero y poeta, el brasileño más culto que conocí, defendía diciendo: “Algún día voy a hacer las columnas todavía más delgadas, de hierro macizo”. […]

En los dos edificios que diseñé a continuación, el Palacio de Justicia y el Itamaraty, mi preocupación fue prever una arqui­tectura más simple: esa arquitectura elegante y frecuente que se ve por todas partes. Es una arquitectura fácil de elaborar y que disfruta de gran aceptación entre la inmensa mayoría.

Esa arquitectura más frecuente terminaría funcionado como un momento de pausa y reflexión que propiciaría una compren­sión más amplia de la arquitectura más libre que prefiero.

La idea de hacer una arquitectura diferente me permite decirles a los que visitan hoy la Nueva Capital: “Ustedes van a ver los palacios de Brasilia, y podrán gustarles o no, pero jamás podrán decir que han visto antes algo parecido”. Y esta afirmación se verifica en la Catedral de Brasilia, diferente de todas las catedrales del mundo, expresión pura de la técnica del hormigón armado y el prefabricado. Sus columnas fueron construidas desde el suelo, para crear luego en conjunto el espectáculo arquitectónico.

Fue un tra­bajo sumamente delicado que mi colega Carlos Magalhães da Silveira dirigió con gran competencia. Vale la pena tomar en cuenta otros detalles que enriquecieron la arquitectura, como el contraste de luz con la galería en sombras y la colorida nave. Allí están los bellos vitrales de Marianne Peretti, los ángeles de Ceschiatti y la posibilidad inédita, que tanto agradó al repre­sentante del Papa, de que los fieles miraran por los vidrios transparentes esos espacios infinitos donde se cree que habita el Señor. La tarea del arquitecto es inventar su arquitectura, una arquitectura que pocos, muy pocos podrán comprender.

El mundo curvo de Oscar Niemeyer. Los inicios

El mundo curvo de Oscar Niemeyer. La sede de la Naciones Unidas

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Durante el largo período transcurrido entre Pampulha y Brasilia continué en contacto con JK y por pedido suyo diseñé varios proyectos para Minas Gerais, como el Colegio Estadual, la Escuela Júlia Kubitschek, el Banco Mineiro da Produção, la Biblioteca Estadual y el Teatro Municipal de Belo Horizonte, además de un hotel y un club que proyecté para Diamantina.

Recién en 1957 surgió el tema de la Nueva Capital. JK fue a buscarme a mi casa en la Estrada das Canoas y juntos bajamos a la ciudad. Quería construir Brasilia, una nueva capital para nuestro país y, como había ocurrido antes con Pampulha, desea­ba contar con mi colaboración… Con la mía y con la de Marco Paulo Rabello, que al igual que yo lo acompañó desde Pampulha hasta la inauguración de la nueva ciudad. Entusiasmado, JK me comentó que pretendía construir una ciudad moderna y concluyó envalentonado: “La más bella del mundo”. […]







Acompañé a JK en el primer viaje que hizo al lugar. Recuerdo que el ministro de Guerra, el general Lott, me preguntó: “¿Los edificios del Ejército serán modernos o clásicos?”. Y yo le respon­dí: “En la guerra, ¿usted prefiere armas modernas o clásicas?”. Y él sonrió con simpatía.



Fueron tres horas de vuelo; confieso que no tuve una buena primera impresión del lugar. Lejos, lejos de todo, una tierra vacía y abandonada. Pero el entusiasmo de JK era tan grande su objetivo de llevar el progreso al interior del país era tan válido, que todos terminamos concordando con él.



La distancia, la conveniencia de la presencia de JK en el lugar para mantener la euforia del emprendimiento nos llevaron a pensar que era necesario iniciar los trabajos con la construcción de una posada donde él pudiera alojarse los fines de semana. Se pensó en una casa de madera. Diseñé las plantas. Juca Chaves y Milton Prates comandaron la construcción y yo firmé un pagaré que, descontado en un banco, permitió realizar la obra, luego conocida como “Catetinho” en referencia al Palacio de Catete.







Quince días después, JK ya la utilizaba. Era su refugio de la polí­tica, de los que cuestionaban la construcción de la Nueva Capital, un lugar donde conversar con los amigos y discutir cómo sería la nueva ciudad, su sueño dilecto. A la vuelta de la casa había un grupo de árboles -como un pequeño oasis- que la destacaba en aquella tierra rasa y vacía del terreno. Recuerdo que el agua provenía de una caja colgada en uno de los árboles, que el espacio para estar y conversar era bajo los pilotes, en torno a una larga mesa rodeada de bancos de madera. Circulaban el whisky y la camaradería. Nuestro amigo Bernardo Sayão traía en helicóptero los víveres y otros elementos necesarios por la mañana temprano y Brasilia ya estaba en el corazón de todos.



Habíamos empezado a trabajar en el proyecto en la sede del Ministerio de Educación y Salud, en Río de Janeiro. Pero poco después me pareció conveniente que nos mudáramos a Brasilia. Y allá fui con mis colaboradores. No me convencía llevar sola­mente arquitectos e invité a otros amigos: un médico, dos perio­distas y cuatro camaradas que no entendían una sola palabra de arquitectura. Estaban sin trabajo, eran inteligentes y divertidos, y comprendí que era el momento de ayudarlos. Yo no quería pasar las noches de Brasilia hablando de arquitectura, que para mí no es sino un complemento de la vida, que es muchísimo más importante que la arquitectura.



La cuestión del Plan Piloto se volvió urgente y organizamos un concurso internacional. Inquieto, JK insistía: “Niemeyer, no podemos perder tiempo. Haga usted mismo el Plan Piloto”. Pero yo no aceptaba. Incluso pensaba que Reidy podría participar en el concurso. De todos nosotros, debido a la función que ejercía en la Prefectura de Río, era el más informado sobre el tema. Pero Reidy no se presentó y el que sí lo hizo fue Lúcio Costa, con su talento excepcional.







Recuerdo que intentaron cancelar el concurso cuando ya esta­ba por terminar y el proyecto de Lúcio se destacaba entre todo el material recibido. El presidente del IAB contactó a Israel Pinheiro y le sugirió que se nombrara una comisión de urbanistas para elaborar un nuevo proyecto. Israel le dijo que la cosa era conmigo y fue en el Club dos Marimbás, en presencia del arquitecto João Cavalcanti, donde declaré: “De mi parte van a encontrar todos los obstáculos”. Y Lúcio fue el vencedor.



Era una solución urbanística innovadora: los distintos sec­tores independientes, el área habitacional vinculada al pequeño comercio y las escuelas, el Eje Monumental recordando con su monumentalidad la grandeza de nuestro país, y la Plaza de los Tres Poderes completándolo, volcada sobre el cerrado como Lúcio quería.



El Plan Piloto contemplaba la escala variada, humana o monumental, que sólo un hombre sensible como Lúcio podía concebir.



El primer proyecto que pusimos en marcha en Brasilia fue el Palacio de la Alborada. Su ubicación no había sido establecida en el Plan Piloto. Y no podíamos esperar. Salimos a buscarla con Israel Pinheiro, los pastos altos golpeándonos las rodillas, cerrado adentro.







Diseñé el proyecto. Un edificio simple en dos plantas. Des­tinado a residencia del presidente y a su área de trabajo. Lo proyectamos con tanto esmero que ambos sectores se comunican sin perder la independencia deseable. Recuerdo el balcón amplio, sin antepecho, elevado un metro sobre el suelo y protegido por columnas que formaban una serie de curvas repetidas.



Recuerdo que André Malraux dijo cuando visitó el palacio: “Éstas son las columnas más hermosas que he visto, después de las columnas griegas”. Las copiaron en Brasil, en un edificio de correos en los Estados Unidos, en Grecia, en Libia, en todas partes. Las copias nunca me molestaron. Tal como había ocurrido con Pampulha, las aceptaba satisfecho. Eran la prueba de que mi trabajo le gustaba a mucha gente.



El palacio sugería cosas del pasado. El sentido horizontal de la fachada, la ancha galería protectora, la pequeña capilla que evocaba como un eco nuestras viejas casas de fazenda.



Después del Palacio de la Alborada comenzamos a estudiar el Eje Monumental y dimos inicio al proyecto con la Plaza de los Tres Poderes. La plaza estaba integrada, como establecía el Plan Piloto, por el Palacio del Planalto, el Palacio del Supremo Tribunal Federal y el Congreso, este último un poco más aleja­do. Alejamiento justificado por una serie de espejos de agua e hileras de palmeras.







Pero la idea de que el Congreso debía integrarse a la Plaza de los Tres Poderes me preocupaba, lo cual explica que hayamos mantenido la techumbre de ese palacio al mismo nivel de las ave­nidas, permitiendo que quienes se acercan vean, por encima de ella y entre las cúpulas proyectadas, la Plaza de los Tres Poderes, de la cual el Congreso forma parte.



Y con esta solución las cúpulas del Senado y de la Cámara Baja se volvieron más imponentes y monumentales, quedando así exaltada su jerarquía en el conjunto.



Recuerdo a Le Corbusier diciéndole a Ítalo Campofiorito, mientras subían por la rampa del Congreso: “¡Aquí hay inven­ción!”. Fueron las enormes cúpulas de ese palacio las que tanto lo sorprendieron por la osadía inventiva que revelaban.



Al diseñar los palacios del Planalto y del STF decidí mantenerme dentro de formas regulares y utilizar el mismo tipo de apoyo como elemento de unidad plástica, lo que explica el diseño más libre que adopté para las columnas de esos dos edificios en particular.







Los palacios apenas parecen tocar el suelo. Una opción arqui­tectónica que el pernambucano Joaquim Cardozo, ingeniero y poeta, el brasileño más culto que conocí, defendía diciendo: “Algún día voy a hacer las columnas todavía más delgadas, de hierro macizo”. […]



En los dos edificios que diseñé a continuación, el Palacio de Justicia y el Itamaraty, mi preocupación fue prever una arqui­tectura más simple: esa arquitectura elegante y frecuente que se ve por todas partes. Es una arquitectura fácil de elaborar y que disfruta de gran aceptación entre la inmensa mayoría.



Esa arquitectura más frecuente terminaría funcionado como un momento de pausa y reflexión que propiciaría una compren­sión más amplia de la arquitectura más libre que prefiero.







La idea de hacer una arquitectura diferente me permite decirles a los que visitan hoy la Nueva Capital: “Ustedes van a ver los palacios de Brasilia, y podrán gustarles o no, pero jamás podrán decir que han visto antes algo parecido”. Y esta afirmación se verifica en la Catedral de Brasilia, diferente de todas las catedrales del mundo, expresión pura de la técnica del hormigón armado y el prefabricado. Sus columnas fueron construidas desde el suelo, para crear luego en conjunto el espectáculo arquitectónico.



Fue un tra­bajo sumamente delicado que mi colega Carlos Magalhães da Silveira dirigió con gran competencia. Vale la pena tomar en cuenta otros detalles que enriquecieron la arquitectura, como el contraste de luz con la galería en sombras y la colorida nave. Allí están los bellos vitrales de Marianne Peretti, los ángeles de Ceschiatti y la posibilidad inédita, que tanto agradó al repre­sentante del Papa, de que los fieles miraran por los vidrios transparentes esos espacios infinitos donde se cree que habita el Señor. La tarea del arquitecto es inventar su arquitectura, una arquitectura que pocos, muy pocos podrán comprender.





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