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Arquitectos sin fronteras rumbo el 2015

La profesión de arquitecto es tan abarcativa, que de hecho, un arquitecto no tiene fronteras reales para desarrollar su especialidad. Sin embargo, existen fronteras virtuales que aparecen ni bien se comienza con el ejercicio práctico, a poco de transitar el camino de la vida profesional

La profesión de arquitecto es tan abarcativa, que de hecho, un arquitecto no tiene fronteras reales para desarrollar su especialidad.

Sin embargo, existen fronteras virtuales que aparecen ni bien se comienza con el ejercicio práctico, a poco de transitar el camino de la vida profesional. Algunos límites en la acción van condicionando la posibilidad de aplicar sus conocimientos y capacidades: clientes con legítimas exigencias, pero frecuentemente un poco exageradas; operarios con baja o nula capacitación y formación; presupuestos insuficientes y grandes pretensiones; normativas, reglamentos y códigos que acotan la imaginación y por sobre todo, la autoimpuesta limitación en su accionar, impulsada tal vez inconscientemente desde la mente del arquitecto.



Estamos en tiempos de balance y evaluación de la actividad anual. Cierra un nuevo año y es una buena oportunidad para analizar lo positivo y lo negativo. Evaluar cual fue el aporte y la contribución a la actividad que cada quien dejó plasmada durante el año transcurrido. Será tiempo entonces de, una vez considerada la situación, proyectar hacia el próximo año objetivos y metas realizables y concretas, prescindiendo en parte de las aspiraciones personales e individuales y volcando parte del esfuerzo en poner foco en el colectivo social.



Desde mi humilde punto de vista, propongo que los arquitectos traspongamos las fronteras de nuestra oficina o estudio, del trabajo de puertas adentro, tomemos la calle y el espacio público y salgamos a informar cuál es la función del arquitecto, a aquella porción mayoritaria de la sociedad que sólo nos considera como artistas que hacemos “dibujitos”.



La propuesta es salir a los lugares públicos donde la gente desarrolla su vida normal, a explicar y contar cuál es nuestro trabajo y ofrecer soluciones a la amplísima problemática existente a distintas escalas: desde lo macro, tomando lo urbano y la ciudad, ofreciendo planes estratégicos a las instituciones que tienen injerencia en esos asuntos; desde una escala más cotidiana como es la vivienda, brindando asesoramiento gratuito a los usuarios que demuestren que no pueden contratar a un arquitecto, interviniendo entonces en mejorar la calidad de vida de la gente a partir de nuestros conocimientos y las innovaciones tecnológicas que se van produciendo; y por último, preparar al personal obrero que interviene en los procesos constructivos, de manera de convertirnos en docentes y ofrecer la posibilidad de capacitar y calificar a la mano de obra que luego llevará a cabo el desarrollo constructivo.



Usted me preguntará ¿y cómo implementar esta acción?. Propongo que las instituciones que nos representa y aglutinan tomen la decisión de abordar pacífica y ordenadamente espacios públicos estratégicos, allí donde la sociedad se manifiesta y transita, para provocar el derribo de esa frontera virtual pero existente entre sociedad y arquitectos. Sin dudas, esto llevaría a un conocimiento más profundo por parte de la sociedad toda, de los alcances de la profesión y a la re jerarquización de ella. Debemos cruzar las fronteras mentales, las físicas y las sociales que nos impiden estar allí, imbricados en la sociedad que nos necesita.



El 2015 será un mejor año. Es la esperanza que siempre tenemos los optimistas, por lo que apostemos a ser cada día un poco mejores personas, más capacitados profesionales y actuar en función de intereses colectivos que permitan hacer de nuestra sociedad, un conjunto proactivo y pujante, sin dejar de lado la solidaridad con los menos afortunados.



Arq. Carlos A. Grisolía, director del Cetarq

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La profesión de arquitecto es tan abarcativa, que de hecho, un arquitecto no tiene fronteras reales para desarrollar su especialidad.

Sin embargo, existen fronteras virtuales que aparecen ni bien se comienza con el ejercicio práctico, a poco de transitar el camino de la vida profesional. Algunos límites en la acción van condicionando la posibilidad de aplicar sus conocimientos y capacidades: clientes con legítimas exigencias, pero frecuentemente un poco exageradas; operarios con baja o nula capacitación y formación; presupuestos insuficientes y grandes pretensiones; normativas, reglamentos y códigos que acotan la imaginación y por sobre todo, la autoimpuesta limitación en su accionar, impulsada tal vez inconscientemente desde la mente del arquitecto.



Estamos en tiempos de balance y evaluación de la actividad anual. Cierra un nuevo año y es una buena oportunidad para analizar lo positivo y lo negativo. Evaluar cual fue el aporte y la contribución a la actividad que cada quien dejó plasmada durante el año transcurrido. Será tiempo entonces de, una vez considerada la situación, proyectar hacia el próximo año objetivos y metas realizables y concretas, prescindiendo en parte de las aspiraciones personales e individuales y volcando parte del esfuerzo en poner foco en el colectivo social.



Desde mi humilde punto de vista, propongo que los arquitectos traspongamos las fronteras de nuestra oficina o estudio, del trabajo de puertas adentro, tomemos la calle y el espacio público y salgamos a informar cuál es la función del arquitecto, a aquella porción mayoritaria de la sociedad que sólo nos considera como artistas que hacemos “dibujitos”.



La propuesta es salir a los lugares públicos donde la gente desarrolla su vida normal, a explicar y contar cuál es nuestro trabajo y ofrecer soluciones a la amplísima problemática existente a distintas escalas: desde lo macro, tomando lo urbano y la ciudad, ofreciendo planes estratégicos a las instituciones que tienen injerencia en esos asuntos; desde una escala más cotidiana como es la vivienda, brindando asesoramiento gratuito a los usuarios que demuestren que no pueden contratar a un arquitecto, interviniendo entonces en mejorar la calidad de vida de la gente a partir de nuestros conocimientos y las innovaciones tecnológicas que se van produciendo; y por último, preparar al personal obrero que interviene en los procesos constructivos, de manera de convertirnos en docentes y ofrecer la posibilidad de capacitar y calificar a la mano de obra que luego llevará a cabo el desarrollo constructivo.



Usted me preguntará ¿y cómo implementar esta acción?. Propongo que las instituciones que nos representa y aglutinan tomen la decisión de abordar pacífica y ordenadamente espacios públicos estratégicos, allí donde la sociedad se manifiesta y transita, para provocar el derribo de esa frontera virtual pero existente entre sociedad y arquitectos. Sin dudas, esto llevaría a un conocimiento más profundo por parte de la sociedad toda, de los alcances de la profesión y a la re jerarquización de ella. Debemos cruzar las fronteras mentales, las físicas y las sociales que nos impiden estar allí, imbricados en la sociedad que nos necesita.



El 2015 será un mejor año. Es la esperanza que siempre tenemos los optimistas, por lo que apostemos a ser cada día un poco mejores personas, más capacitados profesionales y actuar en función de intereses colectivos que permitan hacer de nuestra sociedad, un conjunto proactivo y pujante, sin dejar de lado la solidaridad con los menos afortunados.



Arq. Carlos A. Grisolía, director del Cetarq

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La profesión de arquitecto es tan abarcativa, que de hecho, un arquitecto no tiene fronteras reales para desarrollar su especialidad. Sin embargo, existen fronteras virtuales que aparecen ni bien se comienza con el ejercicio práctico, a poco de transitar el camino de la vida profesional. Algunos límites en la acción van condicionando la posibilidad de aplicar sus conocimientos y capacidades: clientes con legítimas exigencias, pero frecuentemente un poco exageradas; operarios con baja o nula capacitación y formación; presupuestos insuficientes y grandes pretensiones; normativas, reglamentos y códigos que acotan la imaginación y por sobre todo, la autoimpuesta limitación en su accionar, impulsada tal vez inconscientemente desde la mente del arquitecto.

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